Vivir de recuerdos

Publicado: 28 septiembre, 2017 en Opinión

Hace poco fue el Día Mundial en la lucha contra el Alzheimer. No suelo dedicar especial atención a fechas así, por ejemplo, no celebro el Día de los Enamorados, ni el de la Madre, ni ninguno de ese tipo. Siempre he pensado que son cosas que es necesario tener presentes durante todo el año y no me nace especialmente usarlas como excusa un día para que un mes más tarde caigan en el olvido. No obstante, este año ha sido distinto para mí en particular.

Los que me conocéis sabéis que me desvivo por una de mis grandes pasiones, el fútbol. No me quedan horas en el día para darle vueltas y vueltas a todo. Porque me motiva y porque me hace feliz, aunque más de una vez (y de dos) nos golpee tan fuerte que queramos dejarlo todo. Algunas veces me he parado a pensar de dónde viene este gusto o este sentimiento, sobre todo cuando cada semana veo cosas que invitan más a dejarlo que a seguir luchando con todas mis fuerzas. Justo después recuerdo mi infancia. Los benditos domingos con mi padre llevándome de la mano al fútbol, a ver jugar al equipo del pueblo y a comentar todas y cada una de las jugadas. Aunque ni él entendía nada ni yo sabía lo que era en realidad aquello. Más tarde comprendí que el fútbol era solo una excusa para poder pasar tiempo juntos, ya que durante la semana mi padre trabajaba con el camión tantas horas que cuando salía por la mañana aún era de noche y cuando volvía yo ya estaba acostado. Aún y con todo, sacaba fuerzas siempre (a día de hoy os juro que sigo sin saber de dónde) para llevarme a todos y cada uno de los entrenamientos a los que iba cuando decidí que quería jugar al fútbol y que no había marcha atrás (pido disculpas desde aquí al fútbol sala y al balonmano, mis otros “intentos”). Trabajaba durante horas, me llevaba a entrenar y esperaba allí, dentro de nuestro viejo Ford Fiesta aguantando el frío hasta que yo volvía. Me daba una toalla y una manta y me volvía a llevar a casa. Así día tras día. Así tras jornadas de 15 horas al volante de un camión. En aquel momento no lo valoré, muchos años más tarde le di el valor que realmente tenía.

Tampoco mi padre se puso nunca en la valla. O al lado de un banquillo. O levantó la voz contra un entrenador. Ni siquiera con aquel que tuvo a su hijo entrenando 7 meses con la promesa de darle minutos, ocultándole que ni siquiera se había molestado en hacerle ficha para poder jugar. Ni en aquel momento levantó la voz. Sentí que no me protegía cuando, en realidad, estaba haciendo todo lo contrario. Aprendí tanto de aquello que jamás lo olvido. Recuerdo las noches de partido en televisión, cuando no podía ver el final de los partidos porque era mi hora de irme a la cama y le hacía prometerme que me pondría el resultado del partido en una hoja al lado de mi cama para que fuese lo primero que viera al levantarme. Recuerdo aquel día del 12-1 a Malta, cuando nos abrazamos como si hubiésemos sido nosotros. Recuerdo cuando me llamó un equipo de Primera División de futsal para entrenar; ese día, sorprendentemente, llegó antes de trabajar y le vi allí en el pabellón, aún con el mono manchado de todo el día trabajando. En su esquina, sin opinar, pero siempre ahí. Presumiendo de hijo, pero sin decir nunca ni mu, supongo que algunas veces con una sonrisa es suficiente. Muchos años más tarde me enteré por casualidad que se llevó una infernal bronca de su jefe por aquel día y que casi le despiden. Obviamente no lo dijo nunca. Tampoco le importó nunca que, siendo él del Madrid, le saliera un hijo “rana”.

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Recuerdo todo aquello de una manera tan nítida como si hubiera sido hoy. Él, en cambio, ya lo ha olvidado. Bueno, no lo ha olvidado, pero algo le impide recordarlo. Ese algo que le impide reconocer a su mujer o a tener a su hijo delante y apenas conocerle. Es seguro que yo de fútbol sé más bien poco, pero no lo es menos que mi padre, sin tratar de enseñarme nada, me lo enseñó todo. Y aunque él ahora no pueda reconocer a los que le amamos, sus ojos nos miran de manera distinta que al resto. Eso lo tengo clarísimo.

GRACIAS por estar, por enseñar sin enseñar, por educar sin educar y por SER. Gracias por SER.

Te Quiero papá.

Hace unos días planteaba en twitter una encuesta a colación de los estilos de juego de los equipos. En concreto, el Juego de Posición del Barça. La cuestión era si debía mantenerse inalterable la fórmula que tan buenos resultados le ha dado a la entidad durante tantos años, si era posible mantenerse pero con matices, añadiendo a la fórmula nuevos elementos que la potenciasen o si, directamente, era necesario cambiar lo que fuese necesario con la única intención de ganar.

Tras este planteamiento, existen diversas dudas que me asaltan, respecto a eso de lo que tanto se habla, el “estilo”. Lo primero que pienso es, qué es realmente el estilo, eso que llaman “la forma de jugar” y hasta qué punto puede considerarse que se mantiene o dónde está el límite a partir del cual el estilo se traiciona. Nunca he sabido definir con exactitud milimétrica que es aquello del estilo, quizás porque etiquetar algo en este mundo en el que cada día surgen nuevas ideas y diferentes maneras de llevarlas a cabo, me parece que es limitar y encorsetar bastante las cosas. Los que me conocen saben que no soy nada partidario del cambiar para ganar de cualquier manera. Ganar de cualquier manera no solo no te define sino que aburre. Si, me aburre. Ganar por ganar me aburre. Ganar por el simple y mero hecho de conquistar algo y alardear de lo bueno que se es o la cantidad de copas que se tienen, me aburre soberanamente. Es una opinión y opción muy personal, por supuesto, pero procuro ponerme retos que motiven que el camino sea lo suficientemente interesante y motivante como para poder andarlo de manera que sienta como propio aquello que pueda llegar a conseguir. El mero hecho de ganarlo sin haberme puesto a prueba, es un sinsentido para mí. Es más, los inevitables obstáculos que siempre aparecen nos ponen a prueba para mejorar.

Dicho esto y llevado al caso concreto del juego del Barcelona, no sería arriesgado afirmar que el Juego de Posición (generalizando) ha sido el que más éxitos deportivos ha traído al club. Pero siempre con un camino marcado y unas pautas muy claras (generar a partir de la posesión, tercer hombre, amplitud-profundidad, aparecer-no estar, etc, etc). Es por eso que en los últimos años se lleva cuestionando si la apertura a otras ideas que ha tratado (y sigue tratando) de hacer Luis Enrique es una especie de traición al estilo y al camino marcado. Convendría detenerse a pensar primero si la inclusión de nuevos matices destrozan lo anterior, cosa que, por lo que parece, es una opinión generalizada dentro del barcelonismo. ¿Incorporar la opción de ser un equipo peligroso al contraataque elimina por completo seguir siendo fiel al JdP? A priori, parece que otorgar al rival la iniciativa necesaria en el juego para poder disponer de la opción de hacer un contraataque así lo marcaría pero, ¿y si se hace en una ABP en contra? Entonces, ¿es una traición al estilo o es un recurso más incorporado al repertorio?. El hecho de aumentar las acciones de peligro en ABP a favor y disminuir las que le crean al equipo, ¿es mejorar lo ya existente o perder equilibrio en otras facetas? Y así podríamos seguir poniendo diferentes ejemplos de cuestiones similares. Imagino que cada uno tendrá su opinión y, dependiendo de dónde pongamos el límite, podremos entenderlo como un sumatorio de recursos sin perder la esencia o un “cambio de cromos”, un “tengo algo distinto que no tenía pero ya no tengo lo otro“. ¿Dónde está el límite?

Este texto no pretende solucionar esa duda, más que nada porque es tan personal como lo quiera hacer cada uno de nosotros. Pero si intentaré proponer una pregunta para intentar arrojar algo de luz. ¿Cuánto tiempo dura un “estilo de juego“? ¿Cuánto tiempo podemos seguir ganando de una determinada manera sin traicionar los valores que rigen ese estilo? Es evidente (o la historia así lo dice) que un estilo no dura para siempre. Y que es necesario desarrollar nuevas o diferentes opciones que lo hagan imprevisible o al menos difícil de descifrar para un mundo (el futbolístico) en el que todo avanza más rápido si cabe que la propia realidad. El mismo Sacchi dice en su libro que su estilo es complicado de mantener durante más de 3 años debido a la enorme exigencia que conlleva en todos los ámbitos. La Holanda de Cruyff es un equipo que crea escuela más allá de los años (finalista en dos Mundiales consecutivos) y que muchos otros posteriormente han evolucionado, pero me surge la duda de si esa idea hubiera perdurado durante tanto tiempo si estuviese sometida al desgaste diario y semanal que implica un club. Igual me ocurre con la Hungría de Puskas.

Por todo ello, mi duda es la misma que al inicio de este texto. ¿Ha traicionado realmente Luis Enrique el estilo Barça? ¿O ha intentado, con mayor o menor éxito (recordemos que en su primera temporada logra un triplete, en un equipo con muy pocos puntos débiles) incorporar más mecanismos de actuación a un estilo que él podría haber interpretado como mejorable? ¿Es posible el JdP con jugadores como Neymar y Suarez? ¿Se les puede hacer entender que no participando o interviniendo en el juego durante muchos minutos están realmente ayudando a su equipo?

Sinceramente, creo que todo es mejorable, incluso la excelencia. O, al menos, cuestionable. Todo debe ser sometido a debate incluso aún teniendo la convicción de que jamás se volverá a ver algo como la etapa de Pep en el Barça. Incluso con esa premisa, debemos poner en duda todo. Porque dudar es el único camino para hacerse preguntas. Y hacerse preguntas es la única manera de abrir opciones que nos permitan descubrir y acercarnos a la excelencia, que, por extraño que parezca, no son los títulos.

Capacitarse para formar…

Publicado: 14 septiembre, 2016 en Opinión
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Reconozco que me gusta mucho charlar sobre fútbol, tanto que me da igual el foro, porque encuentro en todos ellos detalles con los que construir y basar mi idea. El otro día hablaba con un chico de 22 años, un entrenador recién titulado que me preguntaba cuál sería mi modelo de juego si entrenase (como lo hacía él) a unos benjamines. LE contesté que “jugar”. Mi modelo de juego era “jugar”. Y que en esas edades, para mí, no había otro. Creo que no me entendió, o al menos no debí convencerle. Fundamentalmente, mi teoría es que en edades tempranas no existe el modelo de juego porque lo que no existe es el juego como tal. Los niños quizás sueñen con ser futbolistas, pero también lo hacen con ser médicos, granjeros o astronautas. No creo que deba marcarse un camino con un “modelo de juego”, condicionado a algo que no decimos pero que pensamos, GANAR.

Y es que ganar se está convirtiendo en la frontera. La frontera que, automáticamente, delimita a los que están a un lado y al otro. Ese paso a nivel que, una vez que cruzas ya no tiene vuelta atrás. Porque si de algo entiende el fútbol es de etiquetas. Ganas = Vales. NO ganas = NO vales.

El problema de todo esto aparece cuando lo llevamos al terreno de la formación. ¿Cómo puede un responsable deportivo evaluar a 10-15 niños pequeños por sus resultados? Me parece una autentica locura. Y lo que es peor, crear en sus entrenadores, quizás no debidamente formados, la idea de tener que ser obligatoriamente unos pioneros de los banquillos y descubridores del Santo Grial futbolístico. Cada fin de semana vemos a estos entrenadores diciendo a sus jugadores “contrólala” pero nunca les escuchamos decir “acuérdate que debes poner el pie de esta manera para poder controlar el balón”. Escuchamos decir “haz la cobertura” mientras la niña de 6 años se queda mirando a su entrenador pensando qué demonios será eso de la “cobertura”. Les oímos decir a esos entrenadores tan titulados eso de “jugamos con 3-4-3 con dos volantes (el portero ya ni juega)” a niños que, probablemente, hayan aprendido a contar hace uno o dos años.

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¿Cuál es el problema de esto? ¿Dónde hemos perdido la capacidad para FORMAR de verdad? Para ENSEÑAR. Para dedicar tiempo, horas, esfuerzo y dedicación a mejorar actitudes y aptitudes a los más jóvenes en lugar de concentrarnos en ganar ese partido tan importante de la jornada 10 del fin de semana. Quizás hemos perdido la esencia de lo que significa formar. ¿Puede alguien que no está formado en sí mismo formar a otros? ¿Por qué ponemos a los más jóvenes como entrenadores de los más pequeños? Ellos son esponjas, son el material más delicado que tenemos y, sin embargo, ponemos a los más inexpertos (en muchas ocasiones ni siquiera son entrenadores, solo tienen ínfulas de serlo) a “enseñarles”. ¿Por qué no dejar que alguien debidamente formado y con la experiencia suficiente (no hablo de edad) pueda explicarles el CÓMO, el CUÁNDO y el QUÉ de cada cosa?

Esto no es una crítica a los entrenadores jóvenes, ni mucho menos. Simplemente es una humilde reflexión sobre lo necesario que es capacitarse uno mismo antes de poder aspirar a capacitar a otros. En el fútbol y en la vida.

La capacidad para mutar de piel es realmente asombrosa. Como tu cuerpo es capaz de deshacerse de lo viejo para dar paso a lo nuevo. Proceso nuevo, regeneración. Y esto ocurre en muchas más facetas de la vida de las que podemos pensar, aunque a menudo no nos demos cuenta. La capacidad humana de adaptación al entorno es increíblemente elevada, pese a que, por naturaleza, seamos casi siempre reticentes al cambio.

Esta capacidad de adaptación, llevada al deporte, nos permite pensar que nada es eterno. En ningún momento habrá un equipo o un deportista que lo gane todo y vuelva a repetirlo. Y lo haga EXACTAMENTE de la misma manera un año tras otro. Porque eso que llamamos el entorno, sus competidores, generarán una capacidad de adaptación tal que lo que ayer servía para ganar hoy no alcanza ni para empatar. Ha sido así, lo sigue siendo y, salvo catástrofe, lo seguirá siendo.

Es por eso que una de las acciones más importantes que un director de grupo debe tener en cuenta es la capacidad de adaptación, el criterio de saber leer CUÁNDO y CÓMO se debe producir ese cambio. Es una labor ardua y costosa. Y que muchas veces lleva a engaño porque se toma la decisión cuando no hay otra salida. Eso no es meritorio. No hay mérito alguno en ir por un camino cuando no hay otro más por el que ir. Cuando tomar la decisión de cambiar es la única decisión que se puede tomar. Por eso, la mayor parte de las decisiones vienen generadas por una situación insostenible e irreversible, dos situaciones que, por otra parte, no ayudan a que ese cambio sea tranquilo y facilita la errónea toma de decisiones.

Hace algunos años, Italia decidió que su fútbol, aquel que tantas alegrías le había dado a lo largo de su historia, ya no le valía. Se había visto superada por distintas filosofías, antagónicas a la suya, y que conferían a esos equipos unas capacidades que superaban con creces a las que ellos tenían hasta ese momento. Italia ha comprendido que esta época es la del balón. Rompiendo lo que años atrás parecería una herejía y haciéndolo de manera tranquila, pausada e inteligente. No hay víctimas conocidas. Italia sigue estando orgullosa de sus jugadores.

El fútbol tiene un gran problema y, a la vez, una gran ventaja y es que no tiene medidas. No existe una tabla mediante la cual se puedan extrapolar números y llegar a conclusiones perfectas. Un entrenador no puede llegar a un vestuario y decir a sus jugadores: “miren, esto es E=mc2 y como no hemos sabido despejar la “m”, hemos perdido. Obedece todo a algo mucho más complejo (y la física es algo muy complejo, por descontado).

El fútbol es un deporte en el que las respuestas son impredecibles. El mayor éxito de un entrenador radica en acercarse lo más posible a lo que puede pasar. Leer un partido, prepararlo a conciencia y que ocurra eso que desea. E incluso en un partido en el que TODO, absolutamente TODO, ha salido como planeaba, incluso en ese partido habrá cosas incontrolables. Quizás por eso nos atrae, quizás por eso es distinto a cualquier otro. Queremos encontrar el Santo Grial, buscamos la perfección cada domingo, de cada semana del año durante 10 meses aún sabiendo que habrá cientos de factores que no podremos controlar. Y por si eso fuera poco, cuando por fin encuentras ese partido “perfecto”, resulta que la semana que viene lo de hoy no te vale. Debes seguir buscando tu siguiente partido “perfecto”.

Reconozco abiertamente que me dan pánico los primeros días de pretemporada en un club. Tengo pánico a los entornos nuevos. Pero mi capacidad de adaptación me permite ir asimilando el día a día como un porcentaje, hasta llegar a la conexión perfecta con mi equipo. “Perfecta”. Creo que el fútbol moderno es adaptación, es no cerrarse puertas, es experimentar sin miedo a quemarse y es inteligencia para mejorar. Cada día es una prueba nueva, supongo que por eso nos encanta entrenar, nos mantiene alerta.

Tenía claro que empezar a escribir sobre estilos era algo que costaría mucho. Porque ante cosas tan sumamente personales, es complicado ejercer la visión objetiva de quien desea ponerse en la piel de todos. Propósito demasiado ambicioso, me temo. En realidad, tampoco sé cómo se define un estilo, desconozco el lugar en el que se encuentra una clasificación de los mismos, pudiendo englobar y encasillar a cada entrenador del mundo dentro de diferentes etiquetas. Y en caso de poder hacerlo, todo estilo es lícito hasta que se demuestre lo contrario. Pero todo es lícito, ¿para qué? ¿para ganar?. Porque esa es otra, ¿todos perseguimos ganar?, ¿es esa, en realidad, la única meta? Hay muchos que, con tal de ganar, parafrasearían a Groucho, “si no le gusta mi estilo, tengo más”.

Sinceramente (y aquí ya es cuando empiezo con la subjetividad) no creo que la meta sea ganar. Creo que a todos nos gusta ganar, es evidente, pero no creo que todos queramos hacerlo. Es bien distinto. Si se fijan, son afirmaciones cercanas en contexto, pero lejanas en realidad. Y luego queda la otra parte, ¿qué es ganar?. ¿Ganar es quedar primero? ¿Levantar la copa? ¿Bailar con la más guapa? Solo uno puede llevarse a la chica más guapa del baile, pero que no vayas con ella de la mano en el gran día, no significa que no puedas bailar.

Algo que sí parece evidente es que todos los entrenadores buscamos algo reconocible. La creación de un “algo” (llamémosle, momentáneamente, estilo) que sea reconocible. Que cuando un equipo ejecute un plan de una determinada forma, se pueda reconocer claramente un autor intelectual guiando a diversos y variados autores materiales. Y esa es la dificultad. Que todos esos autores sean capaces de asimilar el plan trazado de una forma coral y grupal. Que cada jugador, con su personalidad INDIVIDUAL, con su manera de actuar INDIVIDUAL y con su pensamiento cognitivo INDIVIDUAL, sea capaz de actuar dentro de un contexto y un grupo de acciones GRUPALES. Esto, señores, es de una complejidad mayúscula. Por eso es por lo que valoramos enormemente a todo aquel equipo que es reconocible. Sea del nivel que sea y sea del estilo que sea. Porque conseguir algo así (más allá de gustos) es una ardua tarea.

Estilos

El problema de todo ello es que, no contentos con no valorar ese logro, nos permitimos CUESTIONAR las formas. Nos permitimos CUANTIFICAR hechos que no son numéricos y, por tanto, imposibles de ordenar. “Este estilo es mejor”, “este equipo juega mejor”. Y llevamos al desprecio a aquellos con los que no nos sentimos identificados. Es un error igual que el de creer que conquistar títulos habilita tus modos. Es la tendencia actual en muchos clubes. Personalmente, siempre he creído que es al revés, que tus modos, tus formas y tus maneras, en definitiva, tu estilo, es el que debe habilitarte para ganar y no al revés.  Ganar no habilita absolutamente nada, ni te hace dueño de mayor credibilidad (y si lo hace, es mentira). Porque ganar, solo gana uno. Y todos en esta vida (y más aún en el deporte) perdemos más que ganamos. Imaginemos al Real Madrid, el equipo que más Champions ha ganado en la historia. Han ganado 11, eso equivale (simplificándolo) a 11 años de alegrías frente a más de 90 de decepciones. Si eso le ocurre al que más ha ganado, entonces, ¿seguimos pensando en llenar nuestro ego de emociones puntuales o creamos algo que nos identifique y nos deje colmados cada vez que lo logramos? Personalmente, prefiero bailar muchas veces que disfrutar de un solo baile, por mucho que sea con la más guapa.

Hace tiempo escribí algo que pensaba firmemente y que sigo pensando, Guardiola hace mucho que dejó de querer ganar. Ha llegado tantas veces a la meta que se divierte más buscando caminos de piedras en lugar de ir por la autopista más recta y con menos curvas que pueda encontrarse.

Hay miles de caminos para llegar a la meta, cada uno elige el suyo y es algo totalmente respetable, incluso el de aquellos que no quieren ni seguir un camino, que les vale con una línea recta. Pero si a lo largo de nuestra vida somos, por esencia, perdedores, igual es mejor bailar, cuanto más mejor, aunque no sea con la más guapa…

Kasparov y las preguntas…

Publicado: 16 marzo, 2016 en Opinión
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La inmediatez de la realidad hace que muchas veces todo aquello que estamos observando cambie a una velocidad increíble. Tanto es así que ciertas cosas pueden parecernos buenas o malas dependiendo del contexto en que se presenten. Llevado todo esto al fútbol, la inmediatez de un resultado hace que uno pase de ser el bueno o el malo en apenas segundos. Sin ir más lejos, hoy le ha tocado a Guardiola, que ha pasado en un minuto de ser un entrenador normal y corriente (0-2) a un genio (4-2).  Todo con un denominador común. La pelota. El Guardiola jugador la necesitaba tanto como ahora la necesita el Guardiola entrenador. Entrenas como juegas. Juegas como piensas. El gol del Bayern en el minuto 90 me recuerda a aquello de “cuanto más trabajo, más suerte tengo…”

Tristemente, lo ocurrido durante ese breve periodo de tiempo, importa poco. Importa poco que teniendo que remontar un resultado muy adverso y con cada vez menos tiempo, decida ser fiel a su estilo. O que incluso en el minuto 90 y con la eliminatoria perdida, ningún jugador de su equipo traicione las ideas del grupo: presión tras pérdida > amplitud en banda > centro > aparición en segundo palo (aparecer, no estar) > gol. Los hay que colgarían balones a la desesperada, traicionándose a si mismos, buscando un pequeño consuelo que alimentase su ego durante un rato más.

Y luego llegan los análisis y lecturas que se limitan a un resultado, sin ir más allá. ERROR. Es una opinión personal, obviamente, pero me parece un grave error. Para mí tiene más mérito que un equipo se presente en campo del subcampeón de Europa y rival de entidad (Juventus) y le de un baño durante más de 60 minutos. De eso si saco alguna lectura. Porque entiendo que dotar a un equipo de la personalidad suficiente para hacer algo así conlleva más trabajo que el de un simple resultado. Y hacerlo en un entorno en el cual tu idiosincrasia te marca todo lo contrario es más difícil aún. Por eso considero vital fijarse en cosas más allá de lo que ocurre en un determinado minuto de un partido. Alemania ha tenido toda su vida un estilo y una idea totalmente contradictorios a lo que él propone. Es por eso que ganar no es solo una meta, es un reto. Porque es hacerlo de esa manera, es luchar por cambiar mentalidades. Algo gigantesco.

Ajedrez

Para mí, Guardiola es el mejor entrenador del mundo, pero ya no por títulos (los ha ganado todos y varias veces), sino porque ha conseguido llegar a algo que cualquier entrenador soñaría, que es ser capaz de moverse por impulsos y motivaciones personales. No lucha por ser el mejor, sino por encontrar retos y superarse a si mismo. Kasparov decía: “Siempre hay que buscar retos. Encontrar nuevas preguntas”.

Creo que la gente que desea fervientemente que Guardiola pierda no es capaz de entender que hace tiempo que está buscando nuevas preguntas…

 

Sorprender

Publicado: 14 marzo, 2016 en Opinión

Hoy he rescatado un documento de 2006 donde un tal Josep Guardiola hablaba de la Selección Española que, en ese momento, entrenaba Luis Aragonés. Y, entre otras cosas, decía “no sabemos cómo acaba, pero sabemos que todo empieza por la pelota“. Esta afirmación podría constituir una sentencia dentro del mundo del fútbol, no obstante, al tratarse de un ente tan sumamente vivo, esta premisa no pasa de ser una más de las tantas lecturas que este deporte ofrece.

No obstante, la cuestión cobra importancia cuando pensamos en el objetivo que cualquier equipo o entidad persigue. Partimos de una premisa lógica, GANAR. Es evidente que cualquier club profesional tiene ese único objetivo. Todo nace de un juego (“un juego es una actividad libre que se utiliza como diversión y disfrute“) pero, ¿en qué momento se convierte en deporte?. ¿En qué momento pasa a ser una mera actividad numérica (“tengo más títulos que tú”)?. Posiblemente en el mismo momento en que se otorga un premio a aquel que consigue derrotar al contrario.

Es por ello que en el desarrollo de un mismo fin, el ser humano ha desarrollado numerosos caminos a la hora de conseguirlo. La misma idea versionada por diferentes personas en diferentes momentos de la historia. Y todas ellas consiguiendo el objetivo perseguido, GANAR. El ESTILO deja de ser importante, visto de este modo. Entonces me surge otra duda, ¿cuál es la válida? ¿Por qué hemos de complicarnos y usar un camino complicado si ya se ha demostrado que, incluso las ideas que, a priori, requieren menos fundamentos y trabajo, se han demostrado suficientes para ganar?. Quizás porque ninguna idea es capaz de garantizar la continuidad temporal, aquello que todos perseguimos y que es tan complicado de lograr.

Quizás ahí es donde entra la capacidad humana para innovar, para sorprender y para escudriñar una idea y un concepto hasta la saciedad. Con un único objetivo, mayor que el inicial de ganar, el de perdurar. El de ganar no solo hoy, sino a lo largo del tiempo. Algo que poder dejar, un legado, una idea, un matiz, una innovación, algo. Conseguido el primer paso (GANAR), buscamos ir más allá (PERDURAR).

Y es en ese punto donde el ya tan denostado ESTILO empieza a cobrar importancia. Porque para que algo dure en el tiempo debe poder sostenerse sobre algo, edificarse con unos moldes y unos fundamentos lo suficientemente sólidos como para poder garantizar un progreso y una adaptación al tiempo. Hablo de adaptación porque en el mundo del deporte en general y en el del fútbol en particular todo cambia de la noche a la mañana. Dentro de cada idea hay diferentes estilos. Dentro de cada estilo hay diferentes maneras de llevarlo a la práctica. Incluso de implantarlo en el día a día. Es por ello que ese ALGO debe, no solo perdurar en el tiempo, no solo ser capaz de obtener victorias, sino también de tener una capacidad adaptativa absoluta a los cambiantes tiempos en los que se instaure. Ese es el mayor reto al que nos enfrentamos a día de hoy.

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Para mí, todo pasa por la sorpresa. Por ser capaz de generar contenidos impredecibles. Contenidos impredecibles al rival y adaptables y comprensibles para nosotros mismos. Que un equipo / club / entidad sea capaz de fomentar una capacidad adaptativa tan óptima como para poder ser cambiante según la situación lo requiera. Para ello, además de una capacidad cognitiva importante es vital saber transmitir todo lo que queremos de manera global. ¿Por qué es necesarioser crítico ante una victoria? Porque es cuando nuestra capacidad de análisis se pone a prueba. Ganar engaña y engaña mucho. Te hace creer que todo está bien y te impide avanzar.

Los números denotan exactitud. Y a mí particularmente me interesan más las historias inexactas, aquellas que cuesta entender.

No creer todo lo que se lee. No ver todo lo que se mira. Intentar poner en jaque todo lo que tienes delante…