Vivir de recuerdos

Publicado: 28 septiembre, 2017 en Opinión

Hace poco fue el Día Mundial en la lucha contra el Alzheimer. No suelo dedicar especial atención a fechas así, por ejemplo, no celebro el Día de los Enamorados, ni el de la Madre, ni ninguno de ese tipo. Siempre he pensado que son cosas que es necesario tener presentes durante todo el año y no me nace especialmente usarlas como excusa un día para que un mes más tarde caigan en el olvido. No obstante, este año ha sido distinto para mí en particular.

Los que me conocéis sabéis que me desvivo por una de mis grandes pasiones, el fútbol. No me quedan horas en el día para darle vueltas y vueltas a todo. Porque me motiva y porque me hace feliz, aunque más de una vez (y de dos) nos golpee tan fuerte que queramos dejarlo todo. Algunas veces me he parado a pensar de dónde viene este gusto o este sentimiento, sobre todo cuando cada semana veo cosas que invitan más a dejarlo que a seguir luchando con todas mis fuerzas. Justo después recuerdo mi infancia. Los benditos domingos con mi padre llevándome de la mano al fútbol, a ver jugar al equipo del pueblo y a comentar todas y cada una de las jugadas. Aunque ni él entendía nada ni yo sabía lo que era en realidad aquello. Más tarde comprendí que el fútbol era solo una excusa para poder pasar tiempo juntos, ya que durante la semana mi padre trabajaba con el camión tantas horas que cuando salía por la mañana aún era de noche y cuando volvía yo ya estaba acostado. Aún y con todo, sacaba fuerzas siempre (a día de hoy os juro que sigo sin saber de dónde) para llevarme a todos y cada uno de los entrenamientos a los que iba cuando decidí que quería jugar al fútbol y que no había marcha atrás (pido disculpas desde aquí al fútbol sala y al balonmano, mis otros “intentos”). Trabajaba durante horas, me llevaba a entrenar y esperaba allí, dentro de nuestro viejo Ford Fiesta aguantando el frío hasta que yo volvía. Me daba una toalla y una manta y me volvía a llevar a casa. Así día tras día. Así tras jornadas de 15 horas al volante de un camión. En aquel momento no lo valoré, muchos años más tarde le di el valor que realmente tenía.

Tampoco mi padre se puso nunca en la valla. O al lado de un banquillo. O levantó la voz contra un entrenador. Ni siquiera con aquel que tuvo a su hijo entrenando 7 meses con la promesa de darle minutos, ocultándole que ni siquiera se había molestado en hacerle ficha para poder jugar. Ni en aquel momento levantó la voz. Sentí que no me protegía cuando, en realidad, estaba haciendo todo lo contrario. Aprendí tanto de aquello que jamás lo olvido. Recuerdo las noches de partido en televisión, cuando no podía ver el final de los partidos porque era mi hora de irme a la cama y le hacía prometerme que me pondría el resultado del partido en una hoja al lado de mi cama para que fuese lo primero que viera al levantarme. Recuerdo aquel día del 12-1 a Malta, cuando nos abrazamos como si hubiésemos sido nosotros. Recuerdo cuando me llamó un equipo de Primera División de futsal para entrenar; ese día, sorprendentemente, llegó antes de trabajar y le vi allí en el pabellón, aún con el mono manchado de todo el día trabajando. En su esquina, sin opinar, pero siempre ahí. Presumiendo de hijo, pero sin decir nunca ni mu, supongo que algunas veces con una sonrisa es suficiente. Muchos años más tarde me enteré por casualidad que se llevó una infernal bronca de su jefe por aquel día y que casi le despiden. Obviamente no lo dijo nunca. Tampoco le importó nunca que, siendo él del Madrid, le saliera un hijo “rana”.

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Recuerdo todo aquello de una manera tan nítida como si hubiera sido hoy. Él, en cambio, ya lo ha olvidado. Bueno, no lo ha olvidado, pero algo le impide recordarlo. Ese algo que le impide reconocer a su mujer o a tener a su hijo delante y apenas conocerle. Es seguro que yo de fútbol sé más bien poco, pero no lo es menos que mi padre, sin tratar de enseñarme nada, me lo enseñó todo. Y aunque él ahora no pueda reconocer a los que le amamos, sus ojos nos miran de manera distinta que al resto. Eso lo tengo clarísimo.

GRACIAS por estar, por enseñar sin enseñar, por educar sin educar y por SER. Gracias por SER.

Te Quiero papá.

comentarios
  1. Luis Castro Espinosa dice:

    Una linda nota buena para recordarla. Por cierto no es la historia de quien la comparte, pues que yo conozca tuvo otras vivencias, ,mucho más cercanas al fútbol y al periodismo…nada de camiones, su padre fue maestro de la comunicación deportiva y tuvo siempre un gran hogar, ejemplar y con las comodidades de los tiempos.

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