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Hace unos días planteaba en twitter una encuesta a colación de los estilos de juego de los equipos. En concreto, el Juego de Posición del Barça. La cuestión era si debía mantenerse inalterable la fórmula que tan buenos resultados le ha dado a la entidad durante tantos años, si era posible mantenerse pero con matices, añadiendo a la fórmula nuevos elementos que la potenciasen o si, directamente, era necesario cambiar lo que fuese necesario con la única intención de ganar.

Tras este planteamiento, existen diversas dudas que me asaltan, respecto a eso de lo que tanto se habla, el “estilo”. Lo primero que pienso es, qué es realmente el estilo, eso que llaman “la forma de jugar” y hasta qué punto puede considerarse que se mantiene o dónde está el límite a partir del cual el estilo se traiciona. Nunca he sabido definir con exactitud milimétrica que es aquello del estilo, quizás porque etiquetar algo en este mundo en el que cada día surgen nuevas ideas y diferentes maneras de llevarlas a cabo, me parece que es limitar y encorsetar bastante las cosas. Los que me conocen saben que no soy nada partidario del cambiar para ganar de cualquier manera. Ganar de cualquier manera no solo no te define sino que aburre. Si, me aburre. Ganar por ganar me aburre. Ganar por el simple y mero hecho de conquistar algo y alardear de lo bueno que se es o la cantidad de copas que se tienen, me aburre soberanamente. Es una opinión y opción muy personal, por supuesto, pero procuro ponerme retos que motiven que el camino sea lo suficientemente interesante y motivante como para poder andarlo de manera que sienta como propio aquello que pueda llegar a conseguir. El mero hecho de ganarlo sin haberme puesto a prueba, es un sinsentido para mí. Es más, los inevitables obstáculos que siempre aparecen nos ponen a prueba para mejorar.

Dicho esto y llevado al caso concreto del juego del Barcelona, no sería arriesgado afirmar que el Juego de Posición (generalizando) ha sido el que más éxitos deportivos ha traído al club. Pero siempre con un camino marcado y unas pautas muy claras (generar a partir de la posesión, tercer hombre, amplitud-profundidad, aparecer-no estar, etc, etc). Es por eso que en los últimos años se lleva cuestionando si la apertura a otras ideas que ha tratado (y sigue tratando) de hacer Luis Enrique es una especie de traición al estilo y al camino marcado. Convendría detenerse a pensar primero si la inclusión de nuevos matices destrozan lo anterior, cosa que, por lo que parece, es una opinión generalizada dentro del barcelonismo. ¿Incorporar la opción de ser un equipo peligroso al contraataque elimina por completo seguir siendo fiel al JdP? A priori, parece que otorgar al rival la iniciativa necesaria en el juego para poder disponer de la opción de hacer un contraataque así lo marcaría pero, ¿y si se hace en una ABP en contra? Entonces, ¿es una traición al estilo o es un recurso más incorporado al repertorio?. El hecho de aumentar las acciones de peligro en ABP a favor y disminuir las que le crean al equipo, ¿es mejorar lo ya existente o perder equilibrio en otras facetas? Y así podríamos seguir poniendo diferentes ejemplos de cuestiones similares. Imagino que cada uno tendrá su opinión y, dependiendo de dónde pongamos el límite, podremos entenderlo como un sumatorio de recursos sin perder la esencia o un “cambio de cromos”, un “tengo algo distinto que no tenía pero ya no tengo lo otro“. ¿Dónde está el límite?

Este texto no pretende solucionar esa duda, más que nada porque es tan personal como lo quiera hacer cada uno de nosotros. Pero si intentaré proponer una pregunta para intentar arrojar algo de luz. ¿Cuánto tiempo dura un “estilo de juego“? ¿Cuánto tiempo podemos seguir ganando de una determinada manera sin traicionar los valores que rigen ese estilo? Es evidente (o la historia así lo dice) que un estilo no dura para siempre. Y que es necesario desarrollar nuevas o diferentes opciones que lo hagan imprevisible o al menos difícil de descifrar para un mundo (el futbolístico) en el que todo avanza más rápido si cabe que la propia realidad. El mismo Sacchi dice en su libro que su estilo es complicado de mantener durante más de 3 años debido a la enorme exigencia que conlleva en todos los ámbitos. La Holanda de Cruyff es un equipo que crea escuela más allá de los años (finalista en dos Mundiales consecutivos) y que muchos otros posteriormente han evolucionado, pero me surge la duda de si esa idea hubiera perdurado durante tanto tiempo si estuviese sometida al desgaste diario y semanal que implica un club. Igual me ocurre con la Hungría de Puskas.

Por todo ello, mi duda es la misma que al inicio de este texto. ¿Ha traicionado realmente Luis Enrique el estilo Barça? ¿O ha intentado, con mayor o menor éxito (recordemos que en su primera temporada logra un triplete, en un equipo con muy pocos puntos débiles) incorporar más mecanismos de actuación a un estilo que él podría haber interpretado como mejorable? ¿Es posible el JdP con jugadores como Neymar y Suarez? ¿Se les puede hacer entender que no participando o interviniendo en el juego durante muchos minutos están realmente ayudando a su equipo?

Sinceramente, creo que todo es mejorable, incluso la excelencia. O, al menos, cuestionable. Todo debe ser sometido a debate incluso aún teniendo la convicción de que jamás se volverá a ver algo como la etapa de Pep en el Barça. Incluso con esa premisa, debemos poner en duda todo. Porque dudar es el único camino para hacerse preguntas. Y hacerse preguntas es la única manera de abrir opciones que nos permitan descubrir y acercarnos a la excelencia, que, por extraño que parezca, no son los títulos.

Capacitarse para formar…

Publicado: 14 septiembre, 2016 en Opinión
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Reconozco que me gusta mucho charlar sobre fútbol, tanto que me da igual el foro, porque encuentro en todos ellos detalles con los que construir y basar mi idea. El otro día hablaba con un chico de 22 años, un entrenador recién titulado que me preguntaba cuál sería mi modelo de juego si entrenase (como lo hacía él) a unos benjamines. LE contesté que “jugar”. Mi modelo de juego era “jugar”. Y que en esas edades, para mí, no había otro. Creo que no me entendió, o al menos no debí convencerle. Fundamentalmente, mi teoría es que en edades tempranas no existe el modelo de juego porque lo que no existe es el juego como tal. Los niños quizás sueñen con ser futbolistas, pero también lo hacen con ser médicos, granjeros o astronautas. No creo que deba marcarse un camino con un “modelo de juego”, condicionado a algo que no decimos pero que pensamos, GANAR.

Y es que ganar se está convirtiendo en la frontera. La frontera que, automáticamente, delimita a los que están a un lado y al otro. Ese paso a nivel que, una vez que cruzas ya no tiene vuelta atrás. Porque si de algo entiende el fútbol es de etiquetas. Ganas = Vales. NO ganas = NO vales.

El problema de todo esto aparece cuando lo llevamos al terreno de la formación. ¿Cómo puede un responsable deportivo evaluar a 10-15 niños pequeños por sus resultados? Me parece una autentica locura. Y lo que es peor, crear en sus entrenadores, quizás no debidamente formados, la idea de tener que ser obligatoriamente unos pioneros de los banquillos y descubridores del Santo Grial futbolístico. Cada fin de semana vemos a estos entrenadores diciendo a sus jugadores “contrólala” pero nunca les escuchamos decir “acuérdate que debes poner el pie de esta manera para poder controlar el balón”. Escuchamos decir “haz la cobertura” mientras la niña de 6 años se queda mirando a su entrenador pensando qué demonios será eso de la “cobertura”. Les oímos decir a esos entrenadores tan titulados eso de “jugamos con 3-4-3 con dos volantes (el portero ya ni juega)” a niños que, probablemente, hayan aprendido a contar hace uno o dos años.

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¿Cuál es el problema de esto? ¿Dónde hemos perdido la capacidad para FORMAR de verdad? Para ENSEÑAR. Para dedicar tiempo, horas, esfuerzo y dedicación a mejorar actitudes y aptitudes a los más jóvenes en lugar de concentrarnos en ganar ese partido tan importante de la jornada 10 del fin de semana. Quizás hemos perdido la esencia de lo que significa formar. ¿Puede alguien que no está formado en sí mismo formar a otros? ¿Por qué ponemos a los más jóvenes como entrenadores de los más pequeños? Ellos son esponjas, son el material más delicado que tenemos y, sin embargo, ponemos a los más inexpertos (en muchas ocasiones ni siquiera son entrenadores, solo tienen ínfulas de serlo) a “enseñarles”. ¿Por qué no dejar que alguien debidamente formado y con la experiencia suficiente (no hablo de edad) pueda explicarles el CÓMO, el CUÁNDO y el QUÉ de cada cosa?

Esto no es una crítica a los entrenadores jóvenes, ni mucho menos. Simplemente es una humilde reflexión sobre lo necesario que es capacitarse uno mismo antes de poder aspirar a capacitar a otros. En el fútbol y en la vida.

Tenía claro que empezar a escribir sobre estilos era algo que costaría mucho. Porque ante cosas tan sumamente personales, es complicado ejercer la visión objetiva de quien desea ponerse en la piel de todos. Propósito demasiado ambicioso, me temo. En realidad, tampoco sé cómo se define un estilo, desconozco el lugar en el que se encuentra una clasificación de los mismos, pudiendo englobar y encasillar a cada entrenador del mundo dentro de diferentes etiquetas. Y en caso de poder hacerlo, todo estilo es lícito hasta que se demuestre lo contrario. Pero todo es lícito, ¿para qué? ¿para ganar?. Porque esa es otra, ¿todos perseguimos ganar?, ¿es esa, en realidad, la única meta? Hay muchos que, con tal de ganar, parafrasearían a Groucho, “si no le gusta mi estilo, tengo más”.

Sinceramente (y aquí ya es cuando empiezo con la subjetividad) no creo que la meta sea ganar. Creo que a todos nos gusta ganar, es evidente, pero no creo que todos queramos hacerlo. Es bien distinto. Si se fijan, son afirmaciones cercanas en contexto, pero lejanas en realidad. Y luego queda la otra parte, ¿qué es ganar?. ¿Ganar es quedar primero? ¿Levantar la copa? ¿Bailar con la más guapa? Solo uno puede llevarse a la chica más guapa del baile, pero que no vayas con ella de la mano en el gran día, no significa que no puedas bailar.

Algo que sí parece evidente es que todos los entrenadores buscamos algo reconocible. La creación de un “algo” (llamémosle, momentáneamente, estilo) que sea reconocible. Que cuando un equipo ejecute un plan de una determinada forma, se pueda reconocer claramente un autor intelectual guiando a diversos y variados autores materiales. Y esa es la dificultad. Que todos esos autores sean capaces de asimilar el plan trazado de una forma coral y grupal. Que cada jugador, con su personalidad INDIVIDUAL, con su manera de actuar INDIVIDUAL y con su pensamiento cognitivo INDIVIDUAL, sea capaz de actuar dentro de un contexto y un grupo de acciones GRUPALES. Esto, señores, es de una complejidad mayúscula. Por eso es por lo que valoramos enormemente a todo aquel equipo que es reconocible. Sea del nivel que sea y sea del estilo que sea. Porque conseguir algo así (más allá de gustos) es una ardua tarea.

Estilos

El problema de todo ello es que, no contentos con no valorar ese logro, nos permitimos CUESTIONAR las formas. Nos permitimos CUANTIFICAR hechos que no son numéricos y, por tanto, imposibles de ordenar. “Este estilo es mejor”, “este equipo juega mejor”. Y llevamos al desprecio a aquellos con los que no nos sentimos identificados. Es un error igual que el de creer que conquistar títulos habilita tus modos. Es la tendencia actual en muchos clubes. Personalmente, siempre he creído que es al revés, que tus modos, tus formas y tus maneras, en definitiva, tu estilo, es el que debe habilitarte para ganar y no al revés.  Ganar no habilita absolutamente nada, ni te hace dueño de mayor credibilidad (y si lo hace, es mentira). Porque ganar, solo gana uno. Y todos en esta vida (y más aún en el deporte) perdemos más que ganamos. Imaginemos al Real Madrid, el equipo que más Champions ha ganado en la historia. Han ganado 11, eso equivale (simplificándolo) a 11 años de alegrías frente a más de 90 de decepciones. Si eso le ocurre al que más ha ganado, entonces, ¿seguimos pensando en llenar nuestro ego de emociones puntuales o creamos algo que nos identifique y nos deje colmados cada vez que lo logramos? Personalmente, prefiero bailar muchas veces que disfrutar de un solo baile, por mucho que sea con la más guapa.

Hace tiempo escribí algo que pensaba firmemente y que sigo pensando, Guardiola hace mucho que dejó de querer ganar. Ha llegado tantas veces a la meta que se divierte más buscando caminos de piedras en lugar de ir por la autopista más recta y con menos curvas que pueda encontrarse.

Hay miles de caminos para llegar a la meta, cada uno elige el suyo y es algo totalmente respetable, incluso el de aquellos que no quieren ni seguir un camino, que les vale con una línea recta. Pero si a lo largo de nuestra vida somos, por esencia, perdedores, igual es mejor bailar, cuanto más mejor, aunque no sea con la más guapa…

Entender el fútbol…

Publicado: 10 diciembre, 2015 en Opinión, Sin categoría
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Después de una jornada de Champions, es habitual que vea resúmenes de partidos o de goles, aunque siempre me gusta quedarme más con acciones puntuales que con las que salen normalmente en los programas de deportes. Es por ello que me fijé en un vídeo que hace dos días circulaba por twitter donde se ve como en el partido del Real Madrid – Malmoe, Casemiro recorre 60 metros persiguiendo rivales como loco. Y se le ensalza por eso. Había un aluvión de comentarios acerca de su despliegue físico y de lo espectacular de esa acción. Me picó la curiosidad y fui a ver la acción en cuestión. Me di cuenta de lo poco que yo sé de este deporte. ¡Qué poco entiendo yo de fútbol!

Porque si lo que hace Casemiro en esa acción es entender el fútbol, entonces yo me paso a los álbumes de cromos, que se me daban bien cuando era pequeño.

Cruyff decía cuando entrenaba “si has corrido mucho, algo mal habrás hecho”. Salvando las distancias, esta frase me parece perfecta para ilustrar la acción de Casemiro. Y para hablar de la importancia que en el fútbol adquiere, cada vez más, la cabeza. Entendamos el juego. ¿Qué es mejor, estar bien posicionados y que no sea necesario correr de manera alocada para recuperar un balón o correr, sin más?. Aplaudo que cada jugador se vacíe en el campo y se esfuerce al máximo, pero entendamos las diferencias entre correr con sentido y correr por correr.

Pero esa acción se aplaude. OK. Corramos. Corramos como si no hubiera un final. Como si fuese atletismo. Y después leamos las estadísticas: 7km recorridos: ¡¡qué bueno es!! De esos 7 km, posiblemente 6,5 kilómetros no han servido para nada pero, es una bestia física, un fuera de serie. La gran mentira de los números por los números, sin un sentido, sin una finalidad.

Un Medio Centro que acaba un partido con 62 de 65 pases completados. ¡VAYA CRACK!. Ninguno de ellos ha servido para romper líneas del rival o para ofrecer superioridades a compañeros, o para dar algún tipo de ventaja a mi equipo pero…..¡¡EH, 60 de 65!! ¡Y el dato del porcentaje al lado eh! Que no se nos olvide. Bien grande ese “95% de pases completados”. ¿Cuántos de calidad? Ni idea, pero tiene un 95%.

Ahora ve y entra a un vestuario de equipo profesional que ha ganado 9-0 y diles que su partido ha sido flojo. Al día siguiente estás fuera. Y no preocupa estar fuera, preocupa que no se otorgue valor a la mejora continua dentro de cualquier faceta deportiva. El conformismo es lo peor que puede tener un deportista. Leer al día siguiente que has hecho un gran partido por correr mucho o dar muchos pases.

Los números necesitan un contexto. Es como leer mucho sin entender nada. He leído 300 libros. ¿Qué has aprendido? Ah, no sé, yo los he leído.
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¿Por qué nos gusta el fútbol?

Publicado: 9 diciembre, 2015 en Opinión
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Llevo tiempo dándole vueltas a un tema que, desde hace años, siempre me ha hecho pensar mucho; intento desgranar el motivo por el que el fútbol es un deporte que atrae a tanta gente y mueve tantas pasiones. Qué es aquello que hace que mucha gente pueda gastar sus ahorros por pagar una entrada para ver un partido de la máxima rivalidad. O quedarse sin dormir si su equipo pierde un gran partido. O ser capaz de generar tantas pasiones desmedidas, amor y odio al mismo nivel, incluso a veces en la misma persona. Qué hace que una persona, con una vida normal, se convierta en alguien distinto cada vez que 22 tíos dan patadas a un balón.

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Pensé en llevarlo al terreno personal, en recordar qué me llevó a mí a amar este deporte. Pero después pensé que en cada persona, en cada aficionado, pueden existir motivaciones distintas, razones distintas. Es muy complicado, por no decir imposible, desgranarlas una por una.

Imaginen por un momento que todo nace por un tema de tradición. Si, tradición. Siendo sinceros y, nos guste o no, todos estamos influidos en nuestra infancia por alguien relacionado con el fútbol; o quizás todos tenemos un referente en nuestra casa que nos invita a ver fútbol simplemente porque a él le gusta. En mi caso fue mi padre, veíamos los partidos juntos y los comentábamos, no existía animadversión hacia ningún jugador ni hacia ningún equipo, era algo extrañamente sano que acabó convirtiéndose en divertido, creo que por compartir momentos con mi padre más que por el juego en sí, pero era real, quizás por eso entendí que aquello no era malo, todos eran, en cierto modo, buenos. No había motivo aparente por el que tener miedo a descubrir “aquello”. Mi padre me contaba historias de mi abuelo y de como había influido en él.

Como digo, todos venimos influenciados de algún modo.

Pero llega un momento en que eso no es suficiente, creces y aprendes a compartir experiencias sobre fútbol con otros ambientes, más allá del calor y seguridad del hogar. Empiezas a verlo todo con otro prisma, aparecen los álbumes de cromos, los compañeros de clase, los pequeños piques, empieza a ser competitivo. Empieza a ser no importante, pero sí relevante. Empiezas a tener compañeros de clase y amigos que te “obligan” a hacerte de algún equipo; ¡¡CLARO!!, “no puedo ir por la vida sin ser de un equipo y disfrutar del fútbol sin más”, piensas. Quizás es ese el momento donde empieza a estropearse todo. O no, o quizás es donde empieza lo divertido. También empiezas a practicarlo. Y cuando lo juegas DE VERDAD, compites, compites porque quieres ganar. Y desaparece una parte de la esencia con la que todo nace, desaparecen las inacabables noches en la calle dando toques al balón, haciendo porterías con dos piedras, o con dos chaquetas, o con lo que fuera. Poniendo excusas a tu madre para poder quedarte 5 minutos más con tus amigos y con esa pelota hecha de montones de papeles forrados con cinta aislante, el balón “oficial” de juego.

Empiezas a competir y te piden que ganes. Y tú, que hasta ese momento jugabas sin preocuparte quien ganase o perdiese, a ti que lo único que te importaba era retrasar el momento en que tu madre te decía que se había acabado el partido y te llamaba para cenar, a ti, de repente, empieza a gustarte aquello de ganar. Y a molestarte eso de perder. Y vas al máximo, llegas a límites que, probablemente, hasta tu mismo desconocías. Y entiendes que competir te hace aprender a madurar, aprender a superarte y aprender a ser mejor.

Al final pienso que todo tiene que ver. Todo influye en nuestra visión del fútbol, en nuestros equipos favoritos, en nuestros recuerdos de infancia jugando con los amigos, porque todos recordamos aquel gol que hicimos una vez jugando con ellos y que nos hizo, por un momento, ser la persona más feliz del mundo. Porque al final, el fútbol nos da eso, la capacidad de SENTIR. Porque cada vez que sales al campo sintiendo esa pasión por jugar, por competir, por divertirte… eso si que no es posible explicarlo. No es posible explicar lo que significa estar en un estadio lleno viviendo un partido al 200%, es imposible decir a qué huele el césped cuando sales al campo, es complicado poder transmitir la sensación que produce celebrar un gol. Seas quien seas, jugador, entrenador, fisio, masajista, presidente, aficionado… seas quien seas es imposible describir lo que se siente si no te has abrazado al celebrar un gol en un instante de felicidad máxima.

Por eso creo que el fútbol es algo inexplicable. Es perder 50 partidos y ganar uno y ser el tipo más feliz del mundo. Es que tu equipo te dé disgustos cada semana y seguir apoyándole. Es recordar ese partido que jugaste con tus amigos hace 20 años y del que nadie salvo vosotros os acordáis. Es sentir nervios, rabia, tensión pero también una infinita felicidad. Es reír y llorar.

No sabría como describirlo. Bueno, sí. Es Fútbol.

Salón de mi casa. 23:30 de la noche. Sobre un papel, cientos de anotaciones, decenas de esquemas, cambios de posiciones, movimientos ofensivos, defensivos, en definitiva muchas ideas que intentamos plasmar de la mejor manera posible sobre un papel. Ese es siempre, o casi siempre, el punto de partida; un papel en blanco. Todos los entrenadores hemos ganado muchos títulos sobre papeles en blanco, el problema aparece después, cuando la transferencia se debe realizar al campo, cuando todos los ejercicios que hemos diseñado, aquellos con los que queremos conseguir nuestros propósitos, deben realizarse de manera real.

Táctica

La transferencia puede estar íntimamente ligada a la metodología. Y digo “puede” porque no siempre es así. O al menos no en todos los entrenadores suele ser así. Y creo que es positivo que sea de esa manera. Porque aunque no compartamos muchas de las metodologías de nuestros colegas, si somos inteligentes, aprenderemos de ellos. De TODOS. Y depende de la metodología porque cada entrenador puede decidir cómo transfiere esos datos sobre el papel al campo de juego. Decide si es mejor hacerlo de manera analítica o dentro de un contexto de juego lo más real posible. Un nadador puede mejorar su técnica si nada durante una hora estando completamente solo dentro de una piscina. Pero, ¿mejorará de la misma manera si tiene a su lado a 6 competidores que le exijan?. Probablemente mejore en otros aspectos (competitividad, capacidad aeróbica, etc…) pero seguramente no mejore su técnica al no poder pausar y ser aconsejado por su entrenador para mejorar. ¿Es esto peor?. No. Es distinto. Pero cada capacidad condicional tiene un método y una manera en la que su transferencia será más óptima. Es misión del entrenador (bajo mi punto de vista), encontrar la mejor manera para que ESE deportista mejore en la mayor parte de aspectos posibles y sea, como fin último, mucho mejor en su disciplina.

Pero seguimos con el mismo interrogante, ¿cómo transferimos del papel al escenario de juego?. Para intentar contestar a esta pregunta yo formulo otras: ¿cómo quiero jugar?; ¿qué objetivos persigo con mi entrenamiento?. Sobra decir que no tiene sentido trabajar algo en los entrenamientos que luego no se plasmará en los partidos. Es tiempo mal empleado. Entonces, la mejor manera de transferir conceptos al (por ejemplo) fútbol debería ser generar el mayor número de situaciones REALES y que esas situaciones sean el punto de partida a correcciones que hagan mejorar a nuestros deportistas. Me parece una muy buena manera de trabajar, pero pobre a la hora de generar valor añadido. Es decir, “dejamos” demasiado trabajo a la generación de situaciones aleatorias. Aportemos valor, generemos nosotros mismos el error o generemos el pensamiento en la cabeza del deportista y, si se equivoca, enseñémosle para que mejore. No olvidemos que tanto el entrenamiento como la competición no son ecuaciones, son entes vivos sobre los que tenemos una amplia capacidad para interceder. Y digo interceder, no ejercer. Porque ejercer es dar soluciones, no pautas para que lleguen a ellas.

Así que, finalmente, tenemos una idea, generalmente muy buena (sobre el papel todas tienen buena pinta) y diferentes maneras de transmitirla: de manera analítica, dentro de un contexto de juego, dejando que ocurra y corrigiendo el error o generando nosotros mismos el error. Creo que la mayor parte de los entrenadores cometemos el error de tener que decantarnos por una de ellas. De que algo tenga que ser blanco o negro. De buscar el juego de posición o ser más de periodización táctica.

Si sumamos cada uno de los factores, la ecuación mejorará nuestro rendimiento. Es más, incluso aunque incluyamos ejercicios de los que normalmente descartaríamos, posiblemente esos nos sirvan para crecer en vertientes que desconocemos.

Pero, como siempre, esta es la teoría.

Negocios de cocinado rápido, de poca cocción y de plazos terriblemente cortos.

El fútbol “es así”, es un lugar donde los que mandan, normalmente, no están capacitados para hacerlo y usan la tremenda resiliencia de sus aficionados como arma arrojadiza. Es el, “que olvide pronto lo que se ha hecho mal” y el “si lo olvida pronto, es que no ha sucedido“. Es el ganar tiempo cuando lo necesito y agitar la bolsa pidiendo resultados cuando noto que me respiran en la nuca. Es el padre nuestro de cada día. No es un Blatter corrupto, es un Blatter en (casi) cada esquina. Es una UEFA diciendo “vienes a mi fiesta y ni siquiera me llamas Padrino“.

Juguemos a cambiar las reglas por un instante. Juguemos a que los que mandan, se apartan. Seguro que a muchos no les parecerá divertido este juego, pero, probemos. Veamos qué conseguimos. Veamos qué logramos sin meter la mano en la bolsa. Veamos qué ocurre si, durante un rato, olvidamos el cortoplacismo y los sobres llenos de divisas de todo tipo y morimos con el pecho lleno de golpes. Atrae poco esa idea, ¿verdad?. Es más divertido sonreír y estrechar las manos a quien nos devuelve un guiño, aunque esas mismas manos se resbalen al apretarse, de tal cantidad de mierda que contienen.

Entonces, ¿qué nos queda?. Si no queremos morir arrodillados a los pies de los leones y tampoco mancharnos las manos, ¿qué opciones tenemos?. ¡¡Ah!!, porque eso sí, aquí, amigo mío, hay que mojarse. Aquí no puedes tener una opinión y no un bando, no puedes tener un bando y no una opinión. Aquí, o pitas el himno o lo criticas. No se te ocurra decir lo que piensas y no meterte en uno de esos dos grupos. Ojo, que el que no se pronuncia como blanco o negro, no tiene cabida en la escala de grises.

 

Fútbol niños playa

Nos queda el tiempo. Nos queda el romanticismo y la locura de pensar diferente. Nos queda el fútbol en la playa con los amigos cuando se pone el sol. Nos queda razonar distinto. Nos queda la sonrisa perenne de un regate. Nos quedan los locos que recurren a los imposibles. Nos queda el error, el fallo, el diagnóstico, la corrección y el trabajo.

Nos queda la defensa de 2.

¡Ah! y nos queda Bielsa…