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Hace tiempo hablé sobre Fútbol Femenino y os conté lo que pensaba sobre la situación que tenemos. Ahora que da la sensación de que todo el mundo está interesado en ver partidos de la Selección Española (de lo cual me alegro) me apetece reflexionar sobre lo que supone este Mundial. Para nosotros es histórico, no en vano es nuestro debut en una cita de esta envergadura, pero, lejos de afrontarlo con ambición, creo que estamos viendo los toros desde la barrera. Creo que hemos asumido que lo complicado ya estaba hecho y que es mejor no venirnos con un carro de goles a intentar ser ambiciosas (¡¡qué mejor oportunidad para serlo si no nos jugamos nada!!) y que nos pinten la cara. Y digo “estamos”, “hemos” y “venirnos” porque somos un equipo y así debe ser, aunque en realidad creo que el mensaje solo viene desde una única persona.

No me gusta nada ni nunca me ha gustado hacer críticas hacia una única persona. Menos aún imaginando lo que supone un peso de tal envergadura. Pero creo que debe ser una crítica constructiva y espero que se entienda como tal. Creo que es el único de todos que no confía de verdad en ellas. Creo firmemente que esta generación de jugadoras tiene un talento increíble para hacer algo grande. Pero hay que permitirles hacerlo. Hay que dejarles creer en ello. Tengo la sensación de que alguien tiene unas ideas y no se mueve, no se inmuta y no se perturba lo más mínimo sea cual sea la situación que tenga delante. La tozudez como arma arrojadiza. “En la adversidad conviene muchas veces tomar un camino atrevido.” (Séneca)

Fijaos como será esta generación que incluso hay muchas jugadoras de enorme talento que se han quedado en casa. Ojalá pasemos de ronda y hagamos algo grande, se lo merecen. Nos lo merecemos. Y, egoistamente, nos lo merecemos todos los que, cuando acabe el Mundial, seguiremos escribiendo y siguiendo el fútbol femenino. Ahí si que seremos 4 gatos.

Ellas

Como uno ya se va haciendo mayor, otorga más valor a cosas que quizás antes pasaba por alto e incluso recupera recuerdos en su cabeza que, quizá, siempre estuvieron ahí pero que nunca aparecieron con tanta nitidez como ahora.

Por desgracia, a mi abuelo no pude disfrutarlo durante muchos años de mi vida. Se murió cuando yo era muy pequeño y mis recuerdos, por mucho que quiera recuperarlos, son los que son. Recuerdo que era cabezón, testarudo y persistente, “cualidades” que, supongo, van en el ADN y son genéticas porque tanto mi padre como yo las tenemos en común. Recuerdo también que solía estar de mal humor, tampoco era un orador empedernido pero, siempre que decía algo, sentaba cátedra. Ese tipo de cosas que no enseñan en las escuelas. También me acuerdo que tenía una especie de cuarto o desván donde no dejaba que nadie entrase bajo ninguna circunstancia. Nunca supe realmente que escondía ese lugar pero me daba igual, de ahí venían las mejores galletas del mundo. Esas con las que yo me volvía a mi casa, hiciera lo que hiciera, me portase bien o me portase mal; porque, pese a que mi abuelo era cabezón y testarudo también entendía que, la testarudez no lleva a ninguna parte.

Fotografía: FutFem (Gracias Lalu)